8 de enero de 2020

Rob Patterson – Obispo, Conferencia de los Allegheny

Meditación bíblica: Génesis 37; 42:1-9; 50:19-21

Hay sueños y sueños: ¡Qué emocionante debe haber sido para José recibir palabra del cielo según la cual sus hermanos y sus padres se iban a inclinar delante de él! ¿Captaría un joven como él las consecuencias más amplias de una revelación como aquella, o las luchas que traería consigo? Es probable que se sintiera listo para recibir semejante honra. Por lo general, los humanos centramos nuestra atención en el premio, e ignoramos el costo que significa la preparación para recibirlo; lo que podemos esperar que sufriremos durante un tiempo indefinidamente largo.

Muchas veces he meditado en la coyuntura histórica en la cual el sueño profético de José se convierte por fin en realidad; cuando su familia se inclina realmente ante él, un drama que se va desarrollando en numerosas escenas: La reunión de unos hermanos que compartían una historia y un misterio. Incertidumbre y tensión. Cambios repentinos en la trama. Revelaciones incomprensibles. Un desbordamiento de emociones, interrogantes, cálculos. El equilibrio del poder lanzado totalmente en una sola dirección. La coexistencia de la desesperación y de la liberación. El gozo y la angustia entrelazados. Una reconciliación real.

Dado el sinuoso recorrido de José en su vida, me pregunto si él no se preguntaría en ocasiones si el sueño que había recibido de Dios se realizaría. Entre el exilio de José y su reunión con sus hermanos pasaron más de veinte años. Es un tiempo bastante largo. Muchas cosas habían sucedido en el tiempo pasado entre la declaración de la promesa de Dios y su cumplimiento.

A nosotros también se nos exige con frecuencia que vivamos en el espacio de preparación entre la declaración divina y su realización. En este lugar tan difícil es natural que nos preguntemos si las promesas de Dios son ciertas y si sus intenciones son buenas. Es fácil que dudemos. Sin embargo, como en el caso de José, cuando recibimos una comunicación de Dios, esa comunicación es una realidad; un hecho consumado. El resultado no se basa en que nosotros esperemos con suficiente fuerza o que trabajemos lo suficientemente fuerte. De hecho, la Biblia nos informa que vamos a terminar haciendo un desastre si nos volvemos impacientes con la paciencia de Dios.

Si usted ha recibido de su Salvador la afirmación de algo, hoy le animo a mantenerse firme: Aunque es frecuente que tarden tiempo en llegar, las promesas que Dios le haga son ciertas, sus intenciones siempre sonpara tu bien, y Él nunca tiene prisas.

Oración:

Padre, te adoro solo a ti: Tú eres sabio. Tú eres paciente. Tú eres fuerte. Puesto que tengo puestas todas mis expectativas en ti, y en ti espero, te ruego que renueves mis fuerzas. En el nombre de Jesús.