Vivimos en una cultura violenta. El abuso doméstico, las luchas étnicas y raciales y los conflictos religiosos o internacionales estallan en violencia. Si bien la humanidad ha progresado en las comunicaciones, el transporte, la educación y la medicina, al mismo tiempo, las armas de destrucción se han vuelto más horrendas, aterradoras y disponibles.
Nuestra cultura violenta contrasta con el rechazo de Jesús a la violencia y su manifestación de amor compasivo y solidario. Jesús amaba a sus enemigos y nos llamó a amar a los nuestros. Cuando los discípulos de Jesús se enteraron de su inminente crucifixión, para ellos era algo increíble, pero después de la cruz, la resurrección y la investidura de poder del Espíritu Santo, experimentaron el amor de Dios y difundieron el evangelio de la paz por todo el Imperio Romano.
Ahora había una nueva forma de responder al pecado, la maldad y la violencia: proclamar el evangelio del amor de Dios para transformar los corazones y convertir a los enemigos en hermanos y hermanas en Jesucristo. En la Iglesia primitiva, los convertidos ingresaron a una nueva comunidad donde Jesús, no la nación, era el Señor. Los seguidores de Jesús aceptaron el martirio en lugar de usar la espada, eligiendo dar su vida, no quitarla.
Las enseñanzas de Jesús
Jesús superó el principio del “ojo por ojo, diente por diente” del Antiguo Testamento al decirle a sus discípulos: No resistan al que les haga mal” (Mateo 5:39). Jesús continuó: Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo[i] y odia a tu enemigo”. 44 Pero yo digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen.” (Mateo 5:43-44). Jesús también enseñó: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian 28 bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los maltratan. (Lucas 6:27-28). Al hacerlo, los discípulos de Jesús imitan el amor de Dios por sus enemigos. Jesús vino a revelar un entendimiento más allá de lo natural: vencer el mal con el bien.
Las Acciones de Jesús
Las obras de Jesús también revelan la nueva forma de relacionarse con los demás. Jesús amaba a las personas consideradas por muchos como desagradables: samaritanos, romanos, cananeos, leprosos, prostitutas, recaudadores de impuestos y endemoniados. Jesús también se preocupó por aquellos que buscaban acabar con su ministerio violentamente: Herodes, líderes judíos y romanos. En marcado contraste, el ministerio amoroso “impotente” de Jesús manifestó el “verdadero poder” del amor piadoso.
Cuando los discípulos de Jesús quisieron lanzar fuego sobre los samaritanos, Jesús los reprendió. Durante el arresto de Jesús, cuando Pedro lo defendió con una espada, nuestro Señor lo amonestó, “los que a hierro matan a hierro mueren” (Mateo 26:52). Al responder a Pedro, Jesús incluso rechazó el uso defensivo de la violencia. Más tarde, respondiendo a una pregunta de Pilato, Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo —contestó Jesús—. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Así, Jesús repudió el camino violento para establecer su Reino, eligiendo en cambio el camino del amor sacrificado y perdonador.
La cruz fue el acto culminante del amoroso servicio de Jesús. Esta aparente derrota resultó ser el acto supremo de amor y poder. El amor de Dios hace posible que cada nuevo creyente sea “una nueva creación” porque “por medio de Cristo nos reconcilio consigo mismo” perdonando nuestros pecados y dándonos “el mensaje de la reconciliación” (2 Corintios 5:17-21).
Por medio de Jesús, los enemigos se transforman en amigos. Pablo escribió, “cuando éranos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con el mediatende la muerte de su Hijo” (Romanos 5:10). Jesús murió para salvar a sus enemigos. Pasamos de ser enemigos a amantes de Dios mediante la expiación de su Hijo. La cruz no trajo derrota, sino una nueva forma de amar.
Además, el amor de Jesús es nuestro ejemplo espiritual y moral. Debemos ser fieles, incluso si nuestros enemigos amenazan nuestras vidas, ya que la vida de Jesús le fue quitada en la cruz. Así como la muerte de Jesús fue seguida por la resurrección, la fidelidad, incluso hasta la muerte, de los pacificadores bíblicos sirve para promover el Reino de Dios.
Los seguidores de Jesús
Para los seguidores de Jesús, la división básica es entre los salvos y los perdidos, no entre dos o más sistemas políticos. Las naciones hacen la guerra a sus enemigos. En marcado contraste, los cristianos comparten el evangelio con los no cristianos; aman a los hostiles a Dios. Matar a los no cristianos les impide convertirse en seguidores de Jesús. Nuestra tarea no es quitarles la vida, sino dar nuestras vidas para que puedan decirle sí a Jesús.
Además, si luchamos contra nuestros hermanos cristianos y los matamos, estamos dividiendo el cuerpo de Cristo, su Iglesia. Para los cristianos, la unidad espiritual y social básica es la Iglesia con Jesús, no como gobernante político, sino como cabeza. Los cristianos son descendencia escogida, sacerdocio regio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. (1 Pedro 2:9). Con su muerte en la cruz, Jesús superó la hostilidad social más flagrante del mundo antiguo – la división entre judíos y gentiles – e hizo provisión para una comunidad cristiana armoniosa (Efesios 2:11-22).
El libro de Hechos es la emocionante historia de cómo el pueblo de Dios se vuelve interracial, transcultural y supranacional. Los cristianos se convirtieron en una comunidad amorosa y solidaria. Esta mutua interdependencia se consumará cuando los cristianos “de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” se postren delante “del trono y del Cordero” (Apocalipsis 7:9). La Iglesia es la sociedad global cuya fidelidad a Jesús trasciende los compromisos nacionales y cuya misión es la Gran Comisión: “Vayanpor todo el mundo y anuncien las buenas noticias a toda criatura. (Marcos 16:15).
La no resistencia bíblica no es pasividad frente al mal, sino una respuesta vigorosa, amorosa y no violenta para proporcionar una solución redentora. Para algunos, amar a los enemigos es una tontería, pero aquellos cuya hostilidad ha sido vencida por el amor de Dios entienden que deben amar a los demás como Dios los amó. Conociendo el poder del amor, siguen a Jesús.
Publicado por Brethren in Christ U.S., Edición 2017