Apostar es arriesgar dinero, propiedades u otra cosa de valor en un resultado fortuito. En recientes años, los gobiernos pasaron de prohibir los juegos de azar a respaldarlos para recaudar fondos para una variedad de agencias y programas. Los complejos de juegos de azar se han convertido en centros de entretenimiento familiar que apoyan el negocio de los juegos de azar. Se han levantado operaciones de juego locales, como juegos de azar en los cruceros, casinos en las reservas indígenas, salones de juego, sitios de juegos de azar en Internet, carreras de perros y caballos y establecimientos de apuestas fuera de las pistas. Además, las loterías administradas por el gobierno incitan a la gente a apostar prometiéndoles que eventualmente se volverán ricos.
Sin embargo, el juego institucional no es un verdadero juego de azar. Las probabilidades se calculan y manipulan para favorecer al gobierno o los establecimientos de juego. De hecho, el juego es una gran transferencia de activos de aquellos menos capaces de afrontar las pérdidas a entidades enormemente ricas y poderosas. Es un efecto tipo Robin Hood inverso en el que se roba el dinero a los pobres e impotentes y se lo entrega a los ricos y poderosos. De hecho, el juego institucional requiere que los perdedores no solo paguen por los ganadores, sino que también paguen los gastos generales, operativos y las exorbitantes márgenes de ganancia de las organizaciones de juego. Un ganador, por lo tanto, está “cobrando” a expensas de los muchos perdedores. Multitudes pierden para que unos pocos puedan acumular riqueza.
A medida que el juego se ha generalizado y se ha aceptado por el público en general, un número significativo de personas se encuentra actualmente encarcelado por juego habitual. Su compulsión los llevó a violar la ley para cubrir deudas de juego o simplemente para apoyar su adicción al juego. De hecho, el juego es un catalizador del aumento de la delincuencia, el divorcio, la ruptura familiar, la adicción, la pobreza y las deudas.
No existe un mandamiento bíblico que dice: “No jugarás”. Por lo tanto, nuestras afirmaciones con respecto al juego surgen del amor y la postura cristiana. El juego apela a instintos egoístas como la codicia, los celos, la experiencia de la adrenalina en la actividad, la dependencia del entretenimiento y el deseo de obtener algo a cambio de nada. Para algunos, el juego se convierte en algo compulsivo – una adicción – que puede llevarlos a descuidar a su familia, ignorar responsabilidades y hasta robar o cometer otros delitos para apoyar su adicción.
Incluso para las personas que no son adictas al juego, el deseo de “obtener algo a cambio de nada” es tentador. De hecho, perder con frecuencia hace que uno quiera volver a intentarlo, anticipando que la próxima apuesta proporcionará una redención financiera. Ganar abre el apetito por la emoción, incitando a uno a correr mayores riesgos. Irónicamente, tanto ganar como perder puede causar egocentrismo en lugar de dependencia de Dios y así socavar el llamado bíblico a la santidad.
Además, una vida santa centrada en Dios implica la administración de los recursos, lo que exige que no apoyemos esfuerzos que destruyan el sustento de los demás. En la superficie, el juego puede parecer bastante inofensivo, quizás incluso divertido, emocionante y atrevido. Sin embargo, debajo de la superficie acecha un monstruo que se alimenta de deseos egoístas, sin importar cuán pequeño o poco frecuente sea el juego.
De hecho, algunos riesgos del juego pueden ser incluso mayores que la pérdida de dinero o posesiones. Muchos han perdido el respeto por sí mismos, la libertad, la familia y el trabajo. Además, el jugador individual no es el único que sufre. Los hijos, el cónyuge, los amigos, los parientes y la sociedad en general pagan un gran precio por los efectos destructivos del juego. El juego es particularmente dañino para los pobres, y el juego patrocinado por el gobierno es un impuesto adicional para las personas de nuestra sociedad que menos pueden pagarlo.
Como comunidad de fe, nos oponemos al juego, ya sea legal o ilegal. Los cristianos tienen cierta libertad para ejercer sus puntos de vista y prácticas personales. Sin embargo, debemos ser cautelosos al tomar una decisión personal que pueda hacer que otro tropiece. Somos llamados a reflejar la luz y la verdad de Jesús al vivir cada día. Se debe cuestionar cualquier práctica que amenaza nuestro testimonio del Señor o socava nuestra plena confianza en Dios para satisfacer nuestras necesidades diarias. Los juegos de azar y la lotería son una práctica de este tipo.
Publicado por Brethren in Christ U.S., Edición 2017