Jesús y sus apóstoles enseñan que los que creen en Jesucristo reciben la vida eterna, que es tanto una vida nueva en el presente como una esperanza futura que se realizará plenamente en el día final. Jesús ofrece estas palabras de seguridad: “Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano” (Jn 10:27-28). Pablo enseña que nosotros los creyentes somos adoptados como hijos de Dios (Ef 1:5) y marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido (Ef 1:13) y que nada puede separarnos del amor de Dios (Ro 8:38-39). Judas nos asegura que Dios puede evitar que caigamos (Jud 24).
Si recibimos a Jesús como Salvador y permanecemos en él, estaremos eternamente seguros, protegidos por el poder de Dios. Si nos desviamos de la fe como la oveja descarriada, tenemos un intercesor ante Dios el Padre, Jesús el justo (1Jn 2:1), y un camino de regreso a la plena comunión con Dios a través del arrepentimiento y la confesión (1Jn 1:9). Dios en su gracia restaurará a sus hijos perdidos (Lu 15:4-6).
Si bien los creyentes tienen seguridad eterna en Jesucristo, podemos perder esa seguridad. Dios no nos sostendrá en contra de nuestra voluntad. Desde la creación, Dios nos ha dado libre albedrío (Gé 2:16-17). Elegimos responder con fe salvífica a la oferta de la salvación de Dios, y nuestra vida en Cristo continúa como una decisión. Al recibir a Jesús, no renunciamos al derecho de tomar decisiones posteriores. Si un hijo de Dios elige abandonar o renunciar a la fe, Dios respeta esa elección (1Ti 4:1).
Las Escrituras también hablan de aquellos que aparentan tener fe en Jesucisto y se identifican con sus seguidores, pero nunca se convierten en verdaderos creyentes. Jesús en un momento se refirió a ellos como lobos feroces disfrazados de ovejas (Mt 7:15). También habló de aquellos que dicen: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” La respuesta del Señor fue: “Jamás los conocí” (Mt 7:22-23). Juan habla de anticristos que “Aunque salieron de entre nosotros, en realidad no eran de los nuestros; … Su salida sirvió para comprobar que ninguno de ellos era de los nuestros” (1Jn 2:19). Estas palabras aleccionadoras añaden significado a la amonestación de Pedro:
“Esfuércense más todavía por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió” (2Pe 1:10).
La vida cristiana es un agradable andar con el Señor en la fe que va madurando y la obediencia creciente, pero no está exenta de dificultades y desafíos, pruebas severas y tentaciones sutiles. Ante una persecución que amenaza su vida, un creyente vacilante puede optar por renunciar a una profesión de fe en Jesús. La decepción o el temor pueden llevar a un rechazo amargo y flagrante del amor y la gracia divinos después de haber sido abrazados. El pecado persistente y voluntarioso sin arrepentimiento conduce a la dureza del corazón. Tal apostasía es una elección, o más probablemente, una secuencia de elecciones. Himeneo, Alejandro y Fileto son ejemplos en las Escrituras de creyentes que rechazaron la fe (1Ti 1:9-20; 2Ti 2:16-18).
Jesús habló de la persecución y de los falsos profetas, advirtiendo que muchos se apartarán de la fe, pero también ofreció la seguridad de que los que permanezcan firmes hasta el fin serán salvos (Mt 24:9-13). De manera similar, el apóstol Juan el prometió que aquellos que sean fieles hasta la muerte recibirán una corona de vida (Ap 2:10), pero también advierte que Dios le quitara su parte del árbol de la vida y la ciudad santa pueden ser quitadas (Ap 22:19).
De manera similar, refiriéndose a aquellos que una vez conocieron a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, pero luego fueron vencidos por la corrupción de este mundo, Pedro escribe:
Más les hubiera valido no conocer el camino de la justicia que abandonarlo después de haber conocido el santo mandamiento que se les dio.
2 Pedro 2:21
Estas fuertes palabras de precaución contrastan con las alentadoras palabras de Pedro:
Por lo tanto, hermanos, esfuércense más todavía por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió. Si hacen estas cosas, no caerán jamás, y se les abrirán de par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
2 Pedro 1:10-11
Esta seguridad tiene sus raíces en las abundantes provisiones y promesas de Dios. Si bien las advertencias sobre un posible regreso a la incredulidad y el llamado urgente a la fidelidad no deben tomarse a la ligera, nuestra confianza descansa en el poder de Dios para mantener a quienes confían en él y siguen en sus caminos. Judas asegura a quienes se mantienen en el amor de Dios que Dios puede evitar que caigan (Jud 21, 24). Dios está obrando en la vida de los creyentes permitiéndoles actuar de acuerdo con su buena voluntad (Fil 2:12-13). Dios preservará a los creyentes fieles sin culpa para el día de su venida (1Co 1:8-9; 1 Ts.5:23-24).
Como creyentes, nos regocijamos en la seguridad de que el poder de Dios es más que adecuado para evitar que caigamos. En Cristo estamos seguros; nada más que nuestra propia rebelión puede separarnos del amor de Dios, quien nos capacita para perseverar hasta el final, terminar la carrera y ganar el premio: la vida eterna.
Publicado por Brethren in Christ U.S., Edición 2017