En nuestra condición natural, nos encontramos lejos de la presencia salvífica de Dios (Is 59). Por medio del maravilloso don de Dios, fuimos reconciliados con Dios a través de la fidelidad de Jesús sobre la cruz. Esta es la salvación. La salvación no se logra con la esperanza de que nuestro pecado desaparezca, sino que, mediante el poder de la muerte y la resurrección de Cristo, Dios limpia al pecador. Toda la vida se transforma.
Cuando Dios nos salva, también somos “bautizados por el Espíritu Santo”. Normalmente, la evidencia de nuestra salvación es una “experiencia reconfortante”. Sin embargo, la evidencia más importante de nuestra nueva vida es nuestro compromiso con Jesucristo como Señor. Por lo tanto, la salvación tiene un carácter doble: una salvación del pecado y una salvación para una vida abundante.
Por lo tanto, la salvación significa una liberación del pecado a la seguridad del Reino de Dios donde uno tendrá vida en plenitud (Jn 10:10). De hecho, la salvación es una experiencia y un proceso de por vida. Hay fuerzas del mal obrando para paralizarnos espiritualmente. Por eso Jesús nos enseñó a orar dos peticiones fundamentales en la oración del Padrenuestro: “Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno” (Mt 6:12-13). Oramos con la confianza de que Dios puede y nos librará, pero su liberación está asociada con el discipulado en nuestra vida diaria mientras nos esforzamos por servir a los demás y no solo por satisfacernos a nosotros mismos.
No se puede ser cristiano solo, sino como parte del cuerpo de Cristo. Creemos que la persona que viene a Dios luego vive una vida abundante en relación con los hermanos y hermanas de la Iglesia. Los cristianos llevan las cargas de los demás para cumplir la ley de Cristo (Gá 6:2).
Para muchos cristianos, la salvación se limita a la justificación, la santificación y la glorificación. La justificación es la manera por la cual Dios declara justas a las personas (Ro 3:20-21). La santificación es la experiencia y el proceso de llegar a ser santo (2Co 7:1). La glorificación es el estado que recibimos al entrar en el Reino celestial de Dios (Ro 2:7).
Creemos que la salvación comienza con la regeneración (Ti 3:5). No se declara simplemente que un creyente está bien con Dios, sino que es renovado (2Co 5:17). La regeneración es un acto divino por la obra del Espíritu Santo (Jn 3:3-8) a través del nombre y poder de Jesús. La obra de Jesús para nuestra salvación es clara: la salvación no se encuentra en nadie más: “De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos” (Hch 4:12). Como evidencia de su salvación, una persona regenerada, por medio de la investidura del Espíritu Santo, da testimonio de lo que ha experimentado y tiene un deseo sincero de que otros tengan la misma experiencia (Ro 10:1). A través de la salvación uno se convierte en una persona verdaderamente cambiada con un carácter y comportamiento cambiados.
Aunque nuestras historias de nuestra salvación son diferentes para cada uno de nosotros, la regeneración conduce al discipulado. La instrucción de Jesús a sus discípulos se convierte en la nuestra: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme” (Mt 16:24). Este compromiso con el discipulado significa vivir a la manera de Jesús en toda área de la vida de una persona.
Los seguidores de Jesús que enfatizan la obediencia y el discipulado, al enfrentar decisiones difíciles de la vida, se preguntan: “¿Qué haría Jesús?” Si bien los cristianos no deben ser legalistas, juzgando a otros al aplicar este principio, es importante evitar el pecado y vivir una vida santa. Quizás las prácticas pecaminosas más peligrosas tienen sus raíces en el poder, la lujuria y la codicia. La búsqueda del poder conduce al sexismo, al racismo e incluso al orgullo de nuestra propia rectitud. La lujuria es la ruina de muchos que tienen el potencial de hacer grandes cosas para Dios. La codicia hace que muchos empleen los recursos con los que Dios los ha bendecido para su propio enriquecimiento. Las tentaciones del poder, la lujuria y la codicia son universales y socavan la vida del discipulado.
Sin embargo, el camino de la fe es diferente para cada persona. Algunos pueden luchar con la pornografía, otros con sentimientos de envidia y odio, y otros con la necesidad materialista de acumular dinero y posesiones. El Espíritu de Dios nos da poder para vencer estas tentaciones.
No obstante, el discipulado implica un compromiso total y un seguimiento de Jesús bajo la cruz durante toda la vida. Por eso Jesús dice: “el que se mantenga firme hasta el fin será salvo” (Mt 10:22). Contamos con ayuda del más alto nivel en esta continuación de la salvación: Jesús “puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que vive siempre para interceder por ellos” (Heb 7:25).
Ahora bien, a quien crea en Jesús se le promete la vida eterna. La vida eterna define una calidad de vida que continúa para siempre. Esta es la vida de Dios, que también es la vida del pueblo de Dios. Por nuestra cuenta, somos absolutamente incapaces de experimentar esa vida, pero la fe en Jesucristo lo hace posible. Por su Espíritu, Jesús obra un verdadero cambio en la calidad de nuestras vidas, que comienza ahora, no en el futuro celestial.
Al hablar de la salvación, el Nuevo Testamento abarca la liberación de las tinieblas, el pecado y la muerte; también incluye la liberación para una vida de obediencia. Por lo tanto, para los Hermanos en Cristo, la “salvación” es un término comprensivo que incorpora la experiencia individual, así como las relaciones, situaciones de vida y servicio que fluyen de la nueva vida en Dios.
Publicado por Hermanos en Cristo EE.UU., Edición 2017