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Santificación

La santificación significa ser apartado para Dios. En la salvación fuimos hechos santos. La santificación es llegar a ser para lo que Dios nos hizo. Aunque nos dedicamos a la obra del Reino de Dios, en última instancia, la santificación no es lo que hacemos, sino lo que Dios ha hecho en nosotros.

En esta definición de santificación se ven dos ideas básicas e interrelacionadas. Una es la consagración: se considera que los cristianos son propiedad de Dios, comprados al precio de la sangre de Jesús (1Co 6:20). El otro concepto relacionado con la santificación es la pureza. Debido a que Dios es santo, nosotros también debemos ser santos (1P 1:15-16).

Sin embargo, seguimos siendo una obra en progreso. Queremos hacer el bien, pero el mal permanece cerca (Ro 7:21). No obstante, los cristianos ya no viven en pecado como antes. Tanto la conducta externa como los motivos interiores son transformados por la gracia de Dios, quien promete impartirnos del Espíritu para crear en nosotros pureza de corazón y vida (2Co 6:16-7:1; 1Ts 5:23-24; 2P 1:3-4).

La voluntad de Dios

Los seres humanos fueron creados para vivir en compañerismo con Dios y servirle fielmente. Pero, cuando Adán y Eva pecaron, la raza humana perdió su justicia original. Desde entonces, toda persona nace con el pecado original y se vuelve culpable de prácticas pecaminosas.

Sin embargo, con gran misericordia y amor, Dios eligió no abandonarnos a nuestro destino merecido. En cambio, Dios envió a Jesús, su único Hijo, para redimir a los seres humanos de la causa y las consecuencias del pecado. Su muerte en la cruz proporcionó el perdón de los pecados cometidos y la purificación de la inclinación perversa hacia el pecado. Posteriormente, la resurrección de Jesús de la tumba canceló la pena de muerte y otorgó la dádiva de vida eterna. Nuestra santificación fue el plan de Dios desde el principio.

La muerte santificadora de Jesús

Jesús se hizo humano para redimir la creación caída. Primero, demostró que era posible ser completamente humano y vivir sin pecado. Lo que fue posible para Jesús es un ideal para la humanidad. En segundo lugar, en la cruz, el Jesús inmaculado tomó sobre sí toda la carga del pecado humano: su castigo, su contaminación y su poder (2Co 5:21). Mediante su expiación, se dejaron de lado las consecuencias del pecado. En tercer lugar, su resurrección victoriosa hizo posible una forma de vida completamente nueva. Finalmente, mediante su don del Espíritu Santo, Cristo puso a nuestra disposición todo el poder que él mismo poseia para vivir piadosamente. Porque la ley del espíritu en Cristo Jesús nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Ro 8:1-2). La muerte expiatoria de Cristo en la cruz y su victoria sobre la muerte mediante la resurrección completan la santificación de su pueblo (Heb 10:10). Jesús se convierte para el creyente en “sabiduría … justificación, santificación y redención” (1Co 1:30).

La vida, muerte y resurrección de Jesús hicieron más que eliminar los síntomas del pecado. El poder de la resurrección de Jesucristo destruyó la raíz misma del pecado, haciendo posible una vida santa. Al permanecer en el Cristo resucitado, producimos el fruto del Espíritu Santo (Jn 15:1-11). En última instancia, la intención de Dios es que sus seguidores se presenten ante él en perfecta santidad de alma y cuerpo, sin defectos y sin culpa. La culminación del proceso de santificación es la glorificación cuando nuestra santidad se perfecciona en la presencia de Dios

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos desarrolla en lo que Dios desea que seamos y lo que Jesús hace posible que seamos. Esto sucede tanto por medio de un proceso como por momentos de crisis. El cristiano sigue la luz provista por el Espíritu para madurar progresivamente en la santidad. Sin embargo, hay momentos en los que el Espíritu Santo permite que el creyente experimente un momento celestial, lo que le trae un nuevo nivel de santidad más allá de la madurez normal. La santificación viene a través del crecimiento espiritual natural y la llenura sobrenatural del Espíritu Santo.

En ambos, el Espíritu Santo es el agente activo de la santificación (Ro 15:16; 2Ts 2:13; 1P 1:2). Por el Espíritu Santo, los creyentes no solo reconocen el pecado, sino que también encuentran el poder de Dios disponible para vencerlo (Ro 8:13). El Espíritu nos cambia a la imagen misma de Dios (2Co 3:17-18), produce el fruto del Espíritu en nosotros (Gá 5:22-26) y nos equipa con dones para ministrar eficazmente (1Co 12).

El Espíritu nos mueve a consagrarnos a la voluntad de Dios y su obra (Ro 12:1-2). Él da alas a nuestras oraciones (Ro 8:26-27; Jud 20-21), voz a nuestro testimonio (Jn 15:26-27; Hch 1:8) y corazón a nuestra adoración (Hch 2: 3-47; Ef 5: 8-20). Esto es lo que la Escritura quiere decir cuando nos insta a vivir en el Espíritu Santo.

El papel de los cristianos

Los cristianos deben buscan la santidad diligentemente (Heb 12:14; 2P 1:5-11). Aunque la santificación viene a través de la verdad de la Palabra de Dios (Jn 17:17), nos colocamos bajo la influencia de la Palabra. Nos ponemos del lado de Dios en contra de todo pecado de acto o actitud, a fin de ser purificados de la influencia corruptora del pecado y del poder dominante (Ef 4:22-24; 2Ti 2:21). Oramos para que Dios escudriñe nuestras vidas para revelar y redimirnos de los pecados secretos, incluso ocultos en nuestra propia conciencia (Sal 19:12-14). Es nuestro deber consagrarnos a la voluntad de Dios (Ro 12:1-2).

Cuando aceptamos la gracia que Dios provee, la santificación se vuelve real en nosotros. Hay dos condiciones bíblicas: ¡Él “dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc 11:13) y “a quienes le obedecen” (Hch 5:32). Orar y obedecer, vivir en la luz así como él está en la luz (1Jn 1:7) y purificar y consagrar nuestras vidas ante Dios son las formas de realizar la presencia santificadora del Espíritu Santo. Entonces Dios abre para nosotros la plenitud de la redención que Jesús ha provisto para su pueblo, una vida que le agrada a Dios.

Publicado por Brethren in Christ U.S., Edición 2017