6 de enero de 2020

Bryan Hoke – Obispo, Conferencia del Atlántico

Meditación bíblica: Génesis 16:1-16

En realidad, Agar no tenía otra opción. Había servido cada día a su amo durante meses y años. Entonces se le exigió algo más: se le pidió que se entregara de una nueva forma, como sustituta, convirtiendo en heredero a su descendiente.

¿El resultado? Vemos en este pasaje que Agar tiene que huir con su hijo aún en su vientre. En medio del extremo quebrantamiento de esta situación, Agar encuentra a Dios. Ve a Aquel que también la ve a ella, convirtiéndose en la improbable primera persona de las Escrituras que le da un nombre a Dios: «Entonces llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve; porque dijo: ¿No he visto también aquí al que me ve?» (Génesis 16:13).

Ahora que su visión está clara ya, sigue la indicación de Dios, quien la hace volver al hogar. Cuando nosotros vemos a Dios y somos vistos por Él, podemos hacer aquello que de otra manera sería imposible. Podemos caminar en una dirección diferente, o soportar unas circunstancias que antes nos eran insoportables. Recibimos ojos nuevos para experimentar al Dios que ha estado presente todo el tiempo. Echamos raíces en nuestra verdadera identidad. Y descubrimos que Dios nos da fortaleza para cumplir todo lo que Él nos pide. En su vida y en la mía, ¿dónde necesitamos ver a Dios y escuchar su punto de vista sobre quiénes somos en realidad? ¿De qué maneras nos debería mover hacia delante el reconocimiento de que Dios nos ve, o movernos incluso en la dirección opuesta a la que llevábamos?

Oración:

Padre, capacítanos para vernos a nosotros mismos con mayor claridad cuando te vemos a ti. Y al hacerlo, permítenos que sigamos una visión fresca para hacer lo que a nosotros nos era imposible por nosotros mismos.